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sábado, 27 de enero de 2018

EL LADRÓN DEL CEMENTERIO


Una tarde calurosa de primavera nos llamaron para acudir al cementerio. El aviso no estaba muy claro y no sabíamos si el que llamaba era el encargado municipal o el cura de la capilla y no sabíamos si nos llamaban por un robo o porque tenían problemas con una persona. Este tipo de llamadas confusas son frecuentes y dan una cierta emoción a nuestro trabajo: no sabemos si al llegar tendremos que sacar el talonario de denuncias o la pistola. Tanto da.

Al llegar al cementerio fuimos directamente a ver al encargado, que parecía lo más lógico, y que resultó ser el autor de la llamada aunque lo había hecho en nombre del cura, que no tenía teléfono en la iglesia y la tecnología del móvil todavía no había llegado a su alcance. Tampoco supo darnos muchas explicaciones, así que tuvimos que ir a pedirlas a la iglesia, que es donde se pide habitualmente.



El señor cura nos relató que un joven había estado en la capilla y que, tras marcharse con una cierta prisa, parecía que también se había marchado con un par de objetos litúrgicos (sin más aclaraciones, como si fuéramos expertos en la materia) porque no los encontraba en su sitio. Nos dio las características del joven y nos dijo que, en vez de irse por patas hacia la calle, se había ido hacia el interior del cementerio, cosa poco normal si había mangado algo de valor.

A partir de ese momento tocaba buscar al mozo entre tumbas, nichos y panteones, que hay unos pocos, y ver cómo reaccionaba ante nuestra presencia y cómo nos las arreglábamos para cachearle sin tener muy claro si se había llevado algo o no, que resulta un poco violento lo de registrar a alguien si luego resulta que no ha hecho nada y que suele mosquearse por ello. Pero para eso nos pagan, así que al lío.


No fue difícil localizar nuestro objetivo porque la descripción fue bastante precisa, especialmente en lo concerniente a una gorra roja, que nosotros pensábamos, haciendo tanto calor, que iba a ser una visera y resultó ser una gorra al estilo Ignatius Reilly y que ya nos hacía entrever que al personaje le podía faltar un minuto de microondas. Se encontraba de rodillas, junto a una pequeña mochila, limpiando una lápida con absoluta dedicación y, al ver que nos acercábamos, nos sonrió mientras se ponía en pie para entablar diálogo con nosotros: “Buenas tardes, agentes. Estoy limpiando el sepulcro de mi madre”. “Buenas tardes, señor. Es una noble dedicación para un hijo”, le contestó mi compañero mientras yo cogía su mochila “¿Le importa que veamos lo que tiene en el interior?” le pregunté, y ante la ausencia de respuesta procedí a abrirla sin que el mozo pusiera objeción alguna. En el interior me encontré, además de una botellita con algo de agua y un poco de comida, un acetre y un hisopo de latón muy oxidado que, obviamente, eran los objetos litúrgicos sustraídos, que no creo que nadie los lleve por gusto en la mochila, con lo que pesan.

Ignatius Reilly, genial protagonista de un libro imprescindible.
Lo primero que pensé al ver el botín es que ya teníamos al autor; lo segundo, viendo lo oxidados y corroídos que estaban el acetre y el hisopo, es que cómo no le daba vergüenza al cura tener semejantes piezas para su uso cotidiano; y lo tercero es que qué oportunidad más buena estaba perdiendo el cura para renovar el material de la capilla si llega a denunciar el robo y cobrarle al seguro. Mientras me encontraba en estas reflexiones, y sin haber llegado todavía a sacar los trastos de la mochila, el joven comenzó a excusarse: “Ya me imaginaba que venían por eso. No pensaba llevármelo; sólo quería bendecir la tumba de mi madre, que me hacía mucha ilusión, y luego lo iba a devolver”. Eso nos dejaba claras otras dos cosas: que no nos habíamos equivocado con lo del microondas y que, visto el infame estado de los objetos, no pretendía hacerse rico con su venta. Lo de devolverlos ya era otra cosa pero nuestra clarividencia no llega a tanto. “Y ¿por qué no le has pedido al cura que lo hiciera él? Ahora te has metido en un lío” le preguntó compasivamente mi compañero, más por el estado mental que apuntaba que por las consecuencias del hecho. “Pensé que no iba a querer venir y he aprovechado el descuido para cogerlo y llenar un poco la botella en la pila del agua bendita”. Vamos, que el mozo se había agenciado el pack completo de bendecidor.
Para los que todavía estaban en duda, esto es un acetre y un hisopo.
Pero en este caso son de plata.


Tomamos los datos de su identidad, le retiramos el botín y le dijimos que la denuncia dependía del cura y que sería bueno que le pidiera perdón por las molestias causadas porque, tratándose de un cura, tal vez le perdonaría y se evitaba más problemas. El joven se comprometió a ello una vez que acabara de limpiar la tumba de su madre y la de su padre, que estaba un poco más alejada. Y justo antes de irnos nos pidió un favor que no pudimos negarle: echó un poco de agua de la botellita en el acetre, introdujo el hisopo y bendijo la tumba.

Devolvimos los aperos al cura y le explicamos la situación dejando de su mano la posibilidad de formular la denuncia, aunque para ir suavizando la cosa ya le explicamos que era un hurto de muy poco valor viendo el penoso estado de los objetos (pullita va) y el no mejor estado mental del autor, que seguramente iba a dejar el hecho en nada más que en un ir y venir al juzgado, con las molestias, el tiempo y el trabajo que eso supone para todos. El cura entendió la situación y dijo que no iba a denunciar para evitar más problemas al joven, y más si tenía el coraje de ir a disculparse.


Acetre antiguo.
Hisopo antiguo

Algo más tarde volvimos por el cementerio. El cura ya no estaba y fue el encargado municipal el que nos confirmó que el joven se había presentado a pedir perdón. Bien está lo que bien acaba.

Desconozco los requisitos para bendecir: no sé si el agua bendita pierde sus propiedades o las mantiene cuando la usa cualquiera o si el uso de los objetos litúrgicos está restringido a los sacerdotes. Pero en este caso, independientemente de los requisitos y vistas las circunstancias del muchacho, espero que la bendición fuera efectiva. 


7 comentarios:

  1. "...al personaje le podía faltar un minuto de microondas."

    Genial.

    Espero que algún día puedas recopilar todas estas historias en un libro y hacerte un superventas.

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    Respuestas
    1. Buena idea, superventas no sé, pero he visto por ahí algún libro parecido y con menos chicha.

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  2. Un Ignatius "local" desafiando las leyes... ¿benditas? Muy bueno y gracioso.

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    Respuestas
    1. por cierto, escribí sobre este libro hace tiempo, al inicio del blog, está en valencià pero por si a alguien le interesan 4 frases e ideas u opiniones. Se entiende, ¡que todo viene del latín! (además hay traductor)

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    2. https://hoanghoat.blogspot.com.es/2010/07/la-conjura-de-los-necios-ignatius-i.html#comment-form
      si no lo pones... ja,ja

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