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jueves, 21 de junio de 2018

La estupidez humana es infinita.


Albert Einstein dijo hace muchos años que la estupidez humana es infinita. Nosotros lo comprobamos diariamente. A veces en varias ocasiones. Hoy también lo podréis comprobar vosotros.
El antónimo de nuestro protagonista

Una mañana se presentó un joven a denunciar unos daños sufridos en su vehículo. Por lo que contó a los compañeros, siempre en un tono de “coleguita”, un fulano le había golpeado por detrás al salir de una rotonda y después del accidente, en vez de detenerse a ver los daños, se había marchado. Dijo que intentó seguirlo durante un rato para pararlo hasta que llegó a un polígono industrial cercano y lo perdió de vista.
El comportamiento desenfadado, recostándose sobre la mesa, y la forma de expresarse desinhibida, de barra de bar y bastante maleducada y chulesca, además de determinados datos que no concordaban bien en la historia, hicieron que los compañeros, más toreados que una vaquilla de fiestas de pueblo pobre, sospecharan que la película que contaba no era del todo verdad y que podía haber un cierto componente herbáceo en la sangre del “colega” afectando a sus neuronas, en el caso de tener alguna. Los daños que reclamaba en la parte trasera del coche tampoco parecían causados en un alcance así que, mientras le iban tomando declaración, otro compañero hacía las gestiones oportunas para localizar al conductor del vehículo supuestamente culpable y que le contara qué había pasado. Con la matrícula facilitada por el jovencito, y gracias a nuestra maravillosa base de datos, fue posible encontrar el teléfono del dueño del coche fugado y hablar con él. 


El otro conductor contó que el joven denunciante le había adelantado en una rotonda y se le había cruzado “a lo bestia” (paradójica expresión cuya interpretación es poco clara pero perfectamente entendible) y que después había frenado bruscamente sin ningún motivo aparente haciendo clavar los frenos a todos los demás. Creía que los coches no habían llegado a tocarse pero, en cualquier caso, no era posible que hubiera daños. Como le dio la impresión de que el joven estaba colocado (nada que ver con tener trabajo) y que su comportamiento al volante y fuera del volante no era normal, prefirió poner tierra por medio y, al ver que el joven le perseguía, se había pasado todos los semáforos en rojo para escapar debido al miedo que le entró. Al salir de la ciudad, y como su coche era de bastante más potencia que la del perseguidor, consiguió dejarlo atrás y perderlo de vista. Este reconocimiento espontáneo de múltiples infracciones encadenadas daba a entender que, muy posiblemente, lo que contaba era cierto.

Como Siberia es muy pequeña, dio la casualidad de que la mujer de uno de los compañeros que atendían al joven también había visto y sufrido la conducción de nuestro protagonista. Al pasar por delante de nuestro edificio reconoció el coche del mozo, que estaba aparcado a la puerta, y llamó a su marido para contarle lo que le había sucedido.


Llegados a este punto, uno de los compañeros, que ya era incapaz de cerrar los muslos tras aguantar los modales del jovencito, le preguntó sonriente si tendría algún inconveniente en que le realizaran una prueba de alcoholemia, y éste, eufórico, le dijo que le podía hacer lo que le saliera de los mismísimos (literal). Como era de esperar, la prueba dio resultado negativo y eso animó al mozo, que se iba creciendo cada vez más a costa de mis compañeros, a los que creía estar tomando el pelo.

Lo que no se esperaba es que la semana anterior les habían traído la maquinita para hacer pruebas de drogas y los compañeros estaban deseando estrenarla. Al explicárselo se le empezó a cambiar la cara y a quitar la tontería. Resulta que había consumido algo el fin de semana y temía que eso pudiera dar positivo. Cuando le dijeron que siendo así no tenía de qué preocuparse, que la maquinita detectaba sólo lo de las últimas horas, ya le entraron los nervios y los sudores, y más todavía cuando el resultado del estreno fue positivo. O sea, tanta máquina y tanta tecnología para llegar a la misma conclusión a la que habían llegado los compañeros tras escucharle durante un par de minutos. Al menos, los 1.000 euritos de multa amortizan el material, el papeleo y el tiempo y la paciencia empleados. Además el coche se lo llevó la grúa al depósito y, como no podía ser menos, con los gastos por su cuenta, por supuesto. Y siempre con una amable sonrisa de los compañeros, que no debe faltar nunca en estos casos de atención al público.

Una de las maquinitas para detectar drogas

Pero como no hay pastel sin guinda, esa mañana se encontraba trabajando la unidad canina con los perros de detección de drogas, así que, tras el resultado positivo en la maquinita los compañeros les avisaron porque había un posible cliente para el perro.

El joven, ahora milagrosamente reconvertido en persona educada y temerosa de Dios y de nosotros, no osaba moverse ante la presencia del perro, que comenzó a olisquearlo hasta que se detuvo con su hocico justo ante esas partes que antes se le habían hinchado a los compañeros para indicar dónde llevaba escondido el chocolate. Sin leche, por cierto. Incautación, y otra denuncia. Así quedó puesta la guinda.

En resumen: un lucimiento absoluto. Subestimando a los guardias, que ya se sabe que no son muy listos, quiso que le ayudaran a arreglar un golpe del coche a costa de un pringado y se encontró con denuncias por conducir fumado y por tenencia de drogas, sin coche, sin arreglo del golpe, y sin chocolate.

La parte positiva es que se le pasó la tontería y aprendió modales de modo instantáneo, que algo tenía que llevarse de bueno por ese precio. Pero dudo de que el efecto sea permanente. El tiempo nos lo dirá.

Lo contaron a su manera los del periódico. Palabra de Dios.

* El marcaje lapa, desarrollado y patentado por mi compañero de promoción Javier Macho (que me ha pasado la foto), se está implantando en una gran parte de las unidades caninas de detección de drogas de las policías españolas y comienza a extenderse en el extranjero. El perro se queda inmóvil con la trufa (el hocico, para entendernos) pegado en el punto más cercano al objetivo, sin morderlo ni tocarlo. Más información en http://marcajelapa.com/index.html


miércoles, 14 de marzo de 2018

El chipirón y el machismo: conversaciones de vestuario.


¡ADVERTENCIA!

El contenido de esta publicación es políticamente incorrecto y puede herir gravemente la sensibilidad de algunas personas y personos. Los hechos hay que entenderlos en su contexto, es decir, vestuario masculino rebosando testosterona y con ganas de risas. A quien le moleste cualquier sesgo machista, que se abstenga de seguir leyendo o de criticar después, que ya he avisado que no es para todos los públicos o públicas.


Y ahora que he puesto la venda antes de la herida, vamos a ello:


Hasta hace un par de años, cuando alguna de mis compañeras entraba al trabajo con su ropa de calle, yo tenía la costumbre de dedicarles lo que yo creía una galantería en forma de comentario del tipo “qué bien te queda ese corte de pelo” o “qué guapa vienes hoy” y que era respondido con una sonrisa y, a veces, un “gracias” que yo interpretaba como de satisfacción. Ahora parece ser, o eso me dicen, que mis comentarios realmente eran grosería de andamio y que la sonrisa de la compañera era de desprecio mientras pensaba algo así como “vaya, el primer machista del día diciendo gilipolleces”. Ahora me he reformado y ya no les digo nada, que prefiero quedar de antipático superlativo a que ellas y quienes me puedan escuchar piensen que soy otras cosas más castigadas por el pensamiento políticamente correcto mayoritario. O sea, un machista.



Y hace unas semanas leí un artículo de Arturo Pérez Reverte titulado “La profesora de Osaka”, del que dejo el enlace correspondiente (https://www.zendalibros.com/la-profesora-osaka/) por si alguno más quiere leerlo y entender bien de lo que hablo antes de seguir leyendo esta publicación. Para los que no quieran leerlo, básicamente dice que, según esa profesora, los cuentos de Blancanieves y otras princesas durmientes son machistas y los besos suponen agresiones sexuales porque se dan sin el consentimiento de la hermosa, que está dormida. Y Don Arturo cuenta las reflexiones de un hombre que no se atreve a besar a su apetitosa mujer (perdón por el machismo, quiero decir a la persona con la que está casado) cuando está dormida porque después de haber leído el estudio de la profesora ya casi empieza a verse como un depravado monstruo sexual. Y así, poco a poco, empezamos a vernos muchos hombres.
  


Bueno, pues tras leer el artículo de marras, y presa de un gran desasosiego, se me ocurrió comentar en el vestuario con mis compañeros de pasillo mis inquietudes sobre la deriva de la sociedad, que en algunos casos parece que más que feminista (que me parece muy bien) es anti-masculina y, para mi sorpresa, me miraron y pusieron cara de resignación y comprensión. Fran, en el otro extremo del pasillo, tras un comentario solidario y un análisis personal de algunas situaciones que no vienen al caso, comentó en tono jocoso que “a este paso, al final nos lo vamos a tener que hacer entre nosotros”. Pepe, horrorizado ante el comentario de Fran, dijo que de eso nada, que a él lo de hacérselo con otro tío no le iba. Fran, para evitar confusiones le dijo que “¡joder, solo como alivio!, como en Torrente, sin mariconadas”. Como en el vestuario se escucha todo, desde el pasillo vecino se oyó vocear a otro compañero: “¡no digas eso de mariconadas, que es homofobia, y si te oye Guzmán te vas a cagar!”. El ambiente se iba animando con el cachondeo y Fran siguió con sus ocurrencias: “pues entonces tendremos que volver a las cabras, como hacía el pastor de mi pueblo”, idea que volvió a ser contestada por la misma voz del otro pasillo: “¡Eso es maltrato animal. Eres un salvaje!”. Fran, queriendo suavizar sus comentarios propuso entonces utilizar un melón, que todavía no está considerado como método de relax políticamente incorrecto.




En ese momento llegó Manolo hasta nuestro pasillo, con su casco bajo el brazo, que había oído parte de la conversación y que siempre tiene soluciones para estos casos. Nos miró seriamente y, sin inmutarse, nos dio el remedio: “Chipirón al microondas. En 1 minuto a 300W coge la temperatura perfecta. No se quitan las patas; se meten pa’ dentro que así da más sensación”. Y se marchó.

Soltamos una carcajada que puso fin a las ocurrencias y, una vez finalizado el rato de humor, seguimos cambiándonos en silencio. Pero, por mucha broma que pueda parecer, creo que todos tomamos nota mental de la receta de Manolo por lo que nos pueda deparar el futuro.







sábado, 27 de enero de 2018

EL LADRÓN DEL CEMENTERIO


Una tarde calurosa de primavera nos llamaron para acudir al cementerio. El aviso no estaba muy claro y no sabíamos si el que llamaba era el encargado municipal o el cura de la capilla y no sabíamos si nos llamaban por un robo o porque tenían problemas con una persona. Este tipo de llamadas confusas son frecuentes y dan una cierta emoción a nuestro trabajo: no sabemos si al llegar tendremos que sacar el talonario de denuncias o la pistola. Tanto da.

Al llegar al cementerio fuimos directamente a ver al encargado, que parecía lo más lógico, y que resultó ser el autor de la llamada aunque lo había hecho en nombre del cura, que no tenía teléfono en la iglesia y la tecnología del móvil todavía no había llegado a su alcance. Tampoco supo darnos muchas explicaciones, así que tuvimos que ir a pedirlas a la iglesia, que es donde se pide habitualmente.



El señor cura nos relató que un joven había estado en la capilla y que, tras marcharse con una cierta prisa, parecía que también se había marchado con un par de objetos litúrgicos (sin más aclaraciones, como si fuéramos expertos en la materia) porque no los encontraba en su sitio. Nos dio las características del joven y nos dijo que, en vez de irse por patas hacia la calle, se había ido hacia el interior del cementerio, cosa poco normal si había mangado algo de valor.

A partir de ese momento tocaba buscar al mozo entre tumbas, nichos y panteones, que hay unos pocos, y ver cómo reaccionaba ante nuestra presencia y cómo nos las arreglábamos para cachearle sin tener muy claro si se había llevado algo o no, que resulta un poco violento lo de registrar a alguien si luego resulta que no ha hecho nada y que suele mosquearse por ello. Pero para eso nos pagan, así que al lío.


No fue difícil localizar nuestro objetivo porque la descripción fue bastante precisa, especialmente en lo concerniente a una gorra roja, que nosotros pensábamos, haciendo tanto calor, que iba a ser una visera y resultó ser una gorra al estilo Ignatius Reilly y que ya nos hacía entrever que al personaje le podía faltar un minuto de microondas. Se encontraba de rodillas, junto a una pequeña mochila, limpiando una lápida con absoluta dedicación y, al ver que nos acercábamos, nos sonrió mientras se ponía en pie para entablar diálogo con nosotros: “Buenas tardes, agentes. Estoy limpiando el sepulcro de mi madre”. “Buenas tardes, señor. Es una noble dedicación para un hijo”, le contestó mi compañero mientras yo cogía su mochila “¿Le importa que veamos lo que tiene en el interior?” le pregunté, y ante la ausencia de respuesta procedí a abrirla sin que el mozo pusiera objeción alguna. En el interior me encontré, además de una botellita con algo de agua y un poco de comida, un acetre y un hisopo de latón muy oxidado que, obviamente, eran los objetos litúrgicos sustraídos, que no creo que nadie los lleve por gusto en la mochila, con lo que pesan.

Ignatius Reilly, genial protagonista de un libro imprescindible.
Lo primero que pensé al ver el botín es que ya teníamos al autor; lo segundo, viendo lo oxidados y corroídos que estaban el acetre y el hisopo, es que cómo no le daba vergüenza al cura tener semejantes piezas para su uso cotidiano; y lo tercero es que qué oportunidad más buena estaba perdiendo el cura para renovar el material de la capilla si llega a denunciar el robo y cobrarle al seguro. Mientras me encontraba en estas reflexiones, y sin haber llegado todavía a sacar los trastos de la mochila, el joven comenzó a excusarse: “Ya me imaginaba que venían por eso. No pensaba llevármelo; sólo quería bendecir la tumba de mi madre, que me hacía mucha ilusión, y luego lo iba a devolver”. Eso nos dejaba claras otras dos cosas: que no nos habíamos equivocado con lo del microondas y que, visto el infame estado de los objetos, no pretendía hacerse rico con su venta. Lo de devolverlos ya era otra cosa pero nuestra clarividencia no llega a tanto. “Y ¿por qué no le has pedido al cura que lo hiciera él? Ahora te has metido en un lío” le preguntó compasivamente mi compañero, más por el estado mental que apuntaba que por las consecuencias del hecho. “Pensé que no iba a querer venir y he aprovechado el descuido para cogerlo y llenar un poco la botella en la pila del agua bendita”. Vamos, que el mozo se había agenciado el pack completo de bendecidor.
Para los que todavía estaban en duda, esto es un acetre y un hisopo.
Pero en este caso son de plata.


Tomamos los datos de su identidad, le retiramos el botín y le dijimos que la denuncia dependía del cura y que sería bueno que le pidiera perdón por las molestias causadas porque, tratándose de un cura, tal vez le perdonaría y se evitaba más problemas. El joven se comprometió a ello una vez que acabara de limpiar la tumba de su madre y la de su padre, que estaba un poco más alejada. Y justo antes de irnos nos pidió un favor que no pudimos negarle: echó un poco de agua de la botellita en el acetre, introdujo el hisopo y bendijo la tumba.

Devolvimos los aperos al cura y le explicamos la situación dejando de su mano la posibilidad de formular la denuncia, aunque para ir suavizando la cosa ya le explicamos que era un hurto de muy poco valor viendo el penoso estado de los objetos (pullita va) y el no mejor estado mental del autor, que seguramente iba a dejar el hecho en nada más que en un ir y venir al juzgado, con las molestias, el tiempo y el trabajo que eso supone para todos. El cura entendió la situación y dijo que no iba a denunciar para evitar más problemas al joven, y más si tenía el coraje de ir a disculparse.


Acetre antiguo.
Hisopo antiguo

Algo más tarde volvimos por el cementerio. El cura ya no estaba y fue el encargado municipal el que nos confirmó que el joven se había presentado a pedir perdón. Bien está lo que bien acaba.

Desconozco los requisitos para bendecir: no sé si el agua bendita pierde sus propiedades o las mantiene cuando la usa cualquiera o si el uso de los objetos litúrgicos está restringido a los sacerdotes. Pero en este caso, independientemente de los requisitos y vistas las circunstancias del muchacho, espero que la bendición fuera efectiva. 


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Un viaje a Nueva York: Últimas visitas, la escenita en Central Park y el regreso.

Sábado, 22 de octubre de 2016
Esta noche he grabado el concierto para velo palatal y dúo de cuerdas vocales que me ha dado el cuñado por si a alguien le apetece oírlo, pero ha durado poco y he dormido bien.

(Iba a poner aquí la grabación pero el blog no me deja subir audio y si lo convierto a vídeo pesa demasiado. Os lo vais a perder).

Otro día que ha ido de menos a más. Nos levantamos con lluvia fina y dudas sobre el plan a seguir pero al final nos decidimos por Central Park y el Metropolitan, en ese orden, que era lo programado. Para aguantar la paliza nos metimos un desayuno a la americana: un Bagel con huevos y bacon, que no es más que un bocadillo hecho con un rosco de pan relleno con lo mencionado, y un cofi enorme.

Bocata de huevos con bacon. Lo de "bagel" lo hace más interesante pero no más bueno.

Pepe mirando con ojos golositos el muffin (magdalena) de chocolate.
  
Autobús hasta el park y a empezar el paseo. En uno de los centros de visitantes nos hicimos una foto jugando al ajedrez mientras Sara pedía unos mapas del parque. Yo no entendí la conversación y sólo me quedé con que le pedían pasta porque el park se nutre de donativos. En otro centro de visitantes vi más mapas en una estantería y cogí dos, uno para usarlo en el momento y otro por si se me deterioraba con la llovizna, que guardé con total naturalidad en mi bolsillo interior. Al salir a la calle, Sara se sorprendió de verme con un mapa porque el fulano del primer centro de visitantes le había dicho que sólo le podía dar uno por grupo y a duras penas le había escaqueado el donativo. Cuando se enteró de que tenía dos mapas por la patilla le dio la risa porque otra vez me había salido el gen rapiñador que llevamos dentro los turistas hispanos. Y en esta ocasión, de modo involuntario.

  

Hasta parecemos cultos.
En uno de los puentes del park participamos en el momento romántico del día: un joven se acercó a un músico que tocaba la guitarra con algo más que una cierta decencia, y le solicitó que tocara un determinado tema musical en unos minutos (supongo que le untaría bien) y cuando estaba sonando "What a Wonderful World" le pidió a una chica (supongo que su novia, que eso no se hace con cualquiera) que se casara con él. Aplausos generalizados de los presentes, lágrimas de la muchacha, fotos de las amigas (que debían de estar compinchadas), fotos de los turistas... Muy de película americana. Me seco las lágrimas y sigo escribiendo.

     
El músico a cubierto.

El ingenuo con su novia.

Lágrimas de emoción y felicidad.

Y al MET. Un museo muy grande con demasiadas cosas, de los que se tardan 4 horas en visitar sin ver realmente nada y sin apreciar nada de lo que se ve y que se tardaría un par de meses en ver de modo aceptable. Lo que ya sabíamos. Pero había que entrar a conocerlo. Lo mismo que ir de turismo a Madrid y no ver El Prado. La entrada nos salió otra vez gratis con el pase de la niña, que ha resultado ser un chollo.



Siempre tengo que hacer el tonto una vez al día (por lo menos)
     
Tras el MET, más recorrido por el park, que es grande y retorcido y lleno de caminos, caminitos, senderos, senderitos, veredas y vereditas, todos ellos torcidos, retorcidos y entrecruzados, lo que hace difícil la orientación en cuanto se pierden las referencias, cosa que ocurre con frecuencia.





Otra vez a comer a la americana a una hamburguesería: cola para pedir y cola para sentarse. Para bajar la comida nada mejor que volver al park a perderse por los caminos y a aguantar las críticas del cuñao por la desorientación, hasta que cogió él el mapa y seguimos perdiéndonos. La niña nos intentó sacar del apuro con su GPS y su teléfono, pero en este caso la tecnología también se perdía y llegamos a nuestro objetivo por deducción y pasando de mapas. El objetivo era un bar, el "Tavern on the Green", con un ambiente muy agradable, un grupo cantando en directo y un precio muy razonable para el lugar, así que lo aprovechamos para entrar en calor, que el día estaba frío de narices y para chubasquero. Allí nos asaltó una americana casada con un brasileño hijo de portugueses de los Arribes del Douro: o sea, casi pariente mío del otro lado de la frontera. Nos dio un rato de conversación agradable en español y puso a escurrir a Trump.

Lo rectitas que son las calles y lo retorcidos que son los caminos del Central Park.
  
Tavern on the Green.

Ya anochecido fuimos a ver el complejo Lincoln (Lincoln Center), donde está la Metropolitan Opera House con una función a punto de comenzar, para envidia de los amantes de la ópera porque, de haberlo pensado antes, podía haber sido una gran oportunidad para entrar a oír a los grandes, pero no se puede estar en todo y no nos quedó más remedio que seguir con nuestro paseo hasta casa a cenar un yogur y a dormir, que hay que descansar para aprovechar mañana un par de horitas antes de finalizar nuestra excursión por el otro lado del Atlántico.
  
Metropolitan Opera House. Y yo sin entradas.

Pepe y yo en un grácil movimiento. Casi nos cuesta una hernia, pero nos salió bastante bien.


Domingo-Lunes, 23-24 de octubre de 2016
Madrugamos un poco más de lo habitual para aprovechar la mañana en lo poco que nos quedaba. Visita al East Village y al Greenwich Village, que son otras zonas razonables para vivir en Nueva York, y a dos parques, el Union Square Park y el Washington Square Park, que tiene un arco del triunfo por el que dicen que pasan los estudiantes de la NY University el día de la graduación. Nada especial.
  


Vimos a jóvenes jugando a hockey sobre hielo en una pista de cemento y a otros jugando al fútbol americano, dos escenas típicas de película pero que no habíamos visto hasta ahora, porque hoy es domingo y no tienen cole. Y también el escenario para la filmación de otra película (Ocean's 8) avisado a los vecinos mediante carteles en las farolas para que tengan a bien no dejar el coche molestando en la calle el día correspondiente.

Hockey sobre "hielo".



Pronto a casita, que a las 12 había que coger el autobús para el airport, que ya se nos acaba el duro.Autobús sin problemas, cola en la facturación que compensaba la que no tuvimos en Barajas y control de seguridad. Esta vez le toca a Pepe, que se había dejado la botella con agua y un melocotón en la funda de la cámara y el negraco del control no se lo tomó muy bien. Se queda sin botella y pasamos a la zona de gastar dinero mientras se espera al avión. Como no llevábamos nada de casa nos comimos una pizza y un perrito caliente.
    



Mucho JFK pero la terminal 7 es una mierda comparada con la T4 de Barajas. Estos americanos nos ganan en marketing por goleada.

Enavionamos en hora y esta vez salimos sin retrasos a las 17:00 hora yanqui, las 11 de la noche hora patria. Prefiero no preguntar el nombre del avión para no llevarme más soponcios. La cena sintética, como la otra vez. Pepe casi se queda sin cenar porque se duerme con una facilidad pasmosa.


Esto es dormir con una cierta dignidad.
  
Tampoco se habría perdido nada. Y más cofi. Intento dormir, que lo del cambio horario va a ser duro si no duermo algo pero no hay manera ni leyendo el periódico. Además no hay nada que ver por la ventanilla, que es de noche y está todo negro. Ni ovnis. Nos dan una caja con el desayuno, similar a la cena del viaje de ida. Estos de Iberia te ponen la bandeja y lo llaman comida, cena, merienda o lo que sea en función de la hora y no del contenido. El cofi es también el mismo y lo llaman siempre igual.



Se suponía que aterrizábamos a las 6:10, pero el piloto debía de tener prisa y llegamos a las 5:50. Las maletas salen rápido y a las 6:15 Pepe sale disparado a su casa, que tiene una reunión en el trabajo a las 8:15. Yo saco mi billetico para el bus de las 7:15 y me intento echar una siesta matutina durante el viaje hasta que Pepe me llama a las 8 para anunciarme que le ha dado tiempo a ducharse y arreglarse e ir al curro puntual como si nada. Y encima ha dormido en el viaje. Ya no me duermo más hasta llegar a casa aunque los recuerdos del viaje tampoco me dejan. Ya dormiré por la noche, por fin, sin sirenas ni ronquidos.

Esto es perder la dignidad.

Pepe llegando a su trabajo como si no hubiera pasado nada.
  
Y ahora, a pensar en el próximo viaje.


Y, por supuesto, para acabar solo me falta agradecer a Pepe su invitación a viajar con él a Nueva York y a Sara por acogernos en su apartamento, que es lógico que acoja a su padre pero no a este escribiente incómodo que acaba contándolo todo (o casi, que lo de la lumbociática no lo he contado). Muchas gracias por este fantástico viaje.





miércoles, 22 de noviembre de 2017

EL CHALET ROBADO

Hace unos días me llamó un amigo para decirme que le habían robado en el chalet. Como lo utiliza como segunda vivienda era un objetivo fácil para los cacos, pero de escaso o nulo resultado porque no había nada de valor en su interior. No hubo más daños que la ventana de acceso, el correspondiente desorden y el susto del suceso, así que poco hay que contar. Pero durante la conversación me vino a la memoria el robo en un chalet al que tuve que acudir hace unos años y que todavía recuerdo para desgracia de su propietario. Os lo cuento:


Manolo, un contratista dedicado a la reforma de viviendas durante la burbuja inmobiliaria, regresaba en coche junto a su mujer y sus hijos de sus vacaciones de un mes en el mar Sibérico, que es el que queda más cerca de Siberia, y cuando estaba a 30 km de su casa le saltó en el teléfono móvil la alarma de robo, que ya es mala suerte. Inmediatamente nos dio el aviso correspondiente y allá que fuimos dos patrullas, que para eso estamos. Como era cerca de medianoche y en verano no hay casi circulación, llegamos en poco más que un suspiro al chalet, el último de una fila de adosados situada junto a un talud.


En un primer vistazo no había nada anormal: puerta y ventanas cerradas y persianas bajadas tanto en la planta baja como en el primer piso. Como había luz en varios de los adosados vecinos decidimos llamar a uno de ellos para ver la parte de atrás, y el propietario, en un acto solidario y no exento de curiosidad y emoción por vernos en acción, nos permitió el paso hasta los patios traseros, que estaban separados por un pequeño muro de fácil escalamiento para gente ágil y en buena forma como nosotros, aunque preferimos usar la escalera de mano que nos ofrecían. Por la parte de atrás tampoco se veía nada raro, pero el vecino nos señaló la proximidad del talud al tejado del chalet de marras y nos dijo que había una claraboya por la que se podría acceder y que no se veía desde abajo, así que tocaba subir al talud a comprobar la integridad de la dichosa claraboya.

Mientras la otra patrulla subía al talud, Manolo volvió a llamar para decir que estaba entrando en Siberia y que llegaría en pocos minutos por lo que, mirando por su integridad física, los compañeros del talud se iban a quedar sólo a controlar el tejado y los patios, que saltar hasta el tejado era fácil pero con un cierto riesgo que no merecía la pena correr, que lo del paracaidismo todavía no lo dominamos a pesar de nuestras múltiples e insospechadas habilidades. Mientras mi compañero y yo esperábamos la llegada del dueño a la puerta del chalet para entrar con él, los compañeros nos dijeron que la claraboya parecía cerrada y que aquello tenía pinta de ser una falsa alarma.


Tal como nos había anunciado, Manolo se presentó en pocos minutos, le pusimos al tanto de la inspección exterior y nos dijo que tenía alarmas en todas las ventanas y que había una centralita en el recibidor donde podríamos ver cuál de ellas había saltado. Abrió la puerta, se dirigió a la centralita y nos confirmó que la alarma disparada era la de la claraboya. Desde el recibidor se veía parte del salón y de la escalera y con el primer vistazo se me cayó el alma a los pies: se veían cajones abiertos, objetos por el suelo y ropa en casi todos los escalones. Si la claraboya estaba cerrada, y con la rapidez de nuestra llegada, la probabilidad de que los cacos hubieran cerrado desde el interior para que no se les viera y se encontraran todavía dentro del chalet era muy alta, por lo que había que hacer una revisión completa de la vivienda y de sus recovecos. Lógicamente, Manolo nos cedió el paso, más por precaución que por cortesía, para que fuéramos por delante haciendo nuestro trabajo.
  

A pesar de mi sensación de impotencia, desolación y ultraje (como cada vez que veo las consecuencias de este tipo de pillajes) me empezaron a extrañar varias cosas: en el salón, además de cajones abiertos, había vajilla en la mesita; en la cocina había sartenes y más vajilla desordenada sobre la encimera y la mesa; en la escalera había una acumulación anormal de toallas, camisetas y hasta dos calzoncillos, que lo lógico es que hubieran estado en alguna habitación; y Manolo, en lugar de estar soltando tacos y nombrando a la parentela de los choros, como es habitual y comprensible en estas situaciones, nos seguía en un silencio sepulcral que contrariaba todas las leyes de la lógica en una persona a la que acaban de reventar la casa. Como ya me olía la tostada, con toda la delicadeza que pude le hice un sencillo comentario-pregunta: “usted dirá si observa alguna diferencia entre cómo estaba su casa cuando se marchó de vacaciones y cómo está ahora…”, a lo que Manolo contestó con toda la naturalidad del mundo que “la verdad es que esta casa nunca se ha caracterizado por el orden, pero de momento no veo nada anormal”. Mi compañero y yo nos miramos levemente con cara de póquer, que para eso somos profesionales, y seguimos con nuestra búsqueda como si fuera la casa más normal del planeta.


No me extenderé más en describir el desastre del resto de la casa: camas deshechas, ropa sucia por los suelos en todas las habitaciones, trastos por todas partes… Lo más ordenado era el garaje, que también hacía las veces de trastero. Por supuesto, comprobamos que la claraboya estaba perfectamente cerrada y que no había nadie en la casa, confirmando así que había sido una falsa alarma. Cuando salimos a la calle todavía estaba la mujer con los niños en el coche y su gesto al mirarnos mostraba una cierta vergüenza, que para esto del orden y la limpieza y para el “qué dirán” las mujeres son, generalmente, más miradas que nosotros.

A mi compañero todavía no se le ha pasado la impresión a pesar del tiempo transcurrido y cada vez que recordamos el caso hace ciertos comentarios en los que siempre incluye, por lo menos, uno de los términos pocilga, cochiquera, estercolero, gallinero, cuadra, vertedero, muladar, escombrera o palomar, aderezados con adjetivos y juramentos que son absolutamente irreproducibles en un lugar serio como este.

He visto bastantes casas asaltadas y ninguna estaba tan desordenada y revuelta como esta. Aunque pensándolo bien, como sistema antirrobo puede llegar a ser muy útil: si un caco mira por la ventana antes de entrar, seguro que se da la vuelta pensando que otros colegas ya se le han adelantado. En este caso, yo lo habría hecho.


Y como de todos mis casos intento sacar algo positivo, al menos ya sé a quién no contratar el día que haga una reforma en mi casa que, si trabaja como vive, no quiero ni pensar en la chapuza que me puede hacer.

¡Venga, a ordenar la casa!