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domingo, 7 de agosto de 2016

UNA MUJER TREMENDA


Las excusas que oímos de los conductores cuando procedemos a denunciar una infracción de tráfico son de lo más variopinto y, generalmente, suelen ser absurdas, rebatibles o, simplemente, estúpidas y, casi siempre, mentira. Pero en ocasiones no son simples excusas, sino justificaciones sinceras y reales y hay que tenerlas en cuenta, como veremos seguidamente.

En nuestro tiempo de bocadillo, cuando nos contamos las batallitas presentes y pasadas para echar unas risas al estilo Abuelo Cebolleta, nuestro compañero Manolo nos suele recordar un caso que le ocurrió cuando llevaba unas pocas semanas en el oficio y le habían encargado la vigilancia del tráfico de la zona centro, que suele ser la más conflictiva. Al volver una esquina en una calle muy transitada, se encontró con un vehículo parado en uno de los carriles ocasionando la consiguiente retención de tráfico. Manolo, convenientemente aleccionado por los veteranos, inició una “aproximación táctica” que consiste en acercarse con paso lento al coche, de modo que el conductor tenga tiempo de observar nuestra presencia por el retrovisor y pueda escapar del lugar, consiguiendo él evitar la denuncia y nosotros el tener que escribir o discutir. Pero hete aquí que el coche no se movió y a Manolo no le quedó más remedio que, poco a poco, llegar hasta allí y entablar diálogo con el conductor, diálogo que, más o menos, se desarrolló del siguiente modo según nos cuenta:



- Buenos días, señor. No puede pararse aquí, que hay mucho tráfico y lo está interrumpiendo.
- Buenos días, agente. Ya sé que estoy mal, pero estoy esperando a mi esposa, que ha entrado en una tienda.
- Pues aquí no puede estar, así que es mejor que la espere en otro lugar o me veré obligado a denunciarle.
- Mire agente: mi esposa me ha dicho que la espere aquí y yo de aquí no me muevo.
- En ese caso no me deja otra alternativa.
- Haga lo que crea conveniente pero yo de aquí no me muevo hasta que venga mi mujer, que Vd. no la conoce. Si me tiene que denunciar, hágalo, que prefiero una denuncia a que mi mujer se ponga como una fiera conmigo por no estar aquí cuando salga. No sabe Vd. el genio que tiene. Pago lo que sea pero yo, de aquí, no me voy hasta que llegue mi mujer.

Manolo, de risa fácil, tras la sorpresa inicial no pudo evitar sonreír ante la justificación rotunda, sincera y temerosa que estaba oyendo. El conductor, al ver la reacción de Manolo prosiguió con su discurso:

- No se ría, señor agente, que veo que es Vd. muy joven y seguro que no está casado todavía ¿verdad?
- Pues no, todavía no.
- Pues ya se casará, ya; y entonces entenderá lo que le estoy diciendo y verá cómo si su mujer le dice que no se mueva, Vd. no se mueve ni un milímetro por la cuenta que le tiene. Así que si me tiene que denunciar, hágalo, que es su obligación y no se lo reprocho, y así, mientras tanto, a lo mejor llega mi mujer y tiene Vd. el “placer” de conocerla.

Manolo, hombre cabal como pocos, pensó que bastante carga tenía aquel conductor con su mujer, y que la denuncia iba a ser un argumento más de castigo cuando le contara que lo habían denunciado por esperarla. Así que guardó el talonario y se despidió del conductor con una sonrisa:

- Procure que esto no se repita en muchas ocasiones, y que tenga Vd. un buen día, si es posible.
- Entonces, ¿no me va a denunciar?
- No. La denuncia es para evitar que pare aquí en más ocasiones y, en este caso, no va a ser efectiva porque no depende de Vd. A quien tendría que denunciar es a su esposa, pero ella no conduce. Váyase tranquilo que ya tiene bastante castigo.


Y Manolo, con la conciencia tranquila y la sonrisa en la boca, se dirigió al inicio de la calle a regular el tráfico para intentar que la retención fuera la menor posible, y no quiso volver a mirar atrás.






martes, 24 de mayo de 2016

Transcripción (casi) literal de un informe de trabajo


ASUNTO: Indigente desnudo en estación de ________ y en Paseo ________

Sobre las 6:45 horas del día de la fecha se recibe aviso de la encargada de la estación de ________ denunciando la presencia de un indigente haciendo exhibicionismo. Al llegar a la sala de espera se aprecia un intenso hedor a excrementos y se observa a un varón a quien le falta una pierna y que se encuentra semidesnudo en un rincón de la sala de espera, con el pantalón y calzoncillo quitados y llenos de heces, siendo esta la razón de la pestilencia ambiental. El hombre está intentando limpiarse los restos del acto fisiológico, que también se encuentran tanto encima de los asientos como en el suelo, e intentado simultáneamente tapar sus vergüenzas con los extremos de un forro polar que lleva puesto mientras a grandes voces proclama constantemente "así no se me ve nada".
Se le identifica como Manolo H.H., quien manifiesta que no quiere asistencia sanitaria ni social, aunque, en opinión de los intervinientes, no se encuentra en condiciones psíquicas de andar suelto por el mundo. Se le solicita el número del teléfono móvil, siguiendo el protocolo establecido por Servicios Sociales para contactar con él, pero desconoce su número y en todo caso daría igual porque ha olvidado el PIN y no puede activar el teléfono. Manifiesta que llegó hace dos o tres días a Siberia en autobús.
A través de la sala de comunicaciones se intenta contactar con Cáritas para ver si pueden proporcionar algo de ropa para esta persona, pero todas las gestiones resultan negativas por lo temprano de la hora. A requerimiento de los intervinientes, la patrulla ________, que había acudido en apoyo, intenta localizar alguna prenda de vestir en alguno de los contenedores de ropa de la ciudad, pero parece ser que, casualmente, los han vaciado todos la noche anterior. Finalmente consiguen un pantalón, dos calzoncillos y unos calcetines en el comedor de beneficencia de ________ que se le proporcionan a Manolo para que se vista, lo que hace por sí mismo rechazando la asistencia de los intervinientes y tardando casi una hora en el proceso. Se queja de la talla del pantalón, demasiado grande para él, y se ata el cinturón sobre el pecho para cerrar el forro polar, al que no le funciona la cremallera, y no tener frío. Seguidamente coge sus muletas y abandona el lugar sin mediar más conversación ni agradecimiento, siendo las 08:50.
Los restos de excrementos y la ropa embadurnada son retirados por la empleada de limpieza de la estación de ________.
Posteriormente, sobre las 09:20, se recibe una llamada en la que se describe a una persona cuyas características coinciden con el anteriormente reseñado, e indican que se encuentra haciendo exhibicionismo junto al Monumento a ________. En esta ocasión, a la llegada de la patrulla se encuentra sentado en un banco del Paseo ________, otra vez sin pantalón y sin calzoncillo, ya que este último no se lo había puesto anteriormente, y dando voces muy indignado porque una mujer le ha señalado con el dedo cuando se encontraba orinando por necesidad en el jardín junto a la estatua de ________ y se le ha caído el pantalón al quedarle grande, dejando a la vista sus intimidades. También reconoce que se abre la chaqueta cuando no hay nadie para que le dé el sol en todo el cuerpo, dejando al aire sus genitales, y que se tapa cuando pasa gente.
Al ser un lugar de tránsito de turistas, y debido al espectáculo y las voces que está dando, se decide trasladarlo en el vehículo policial hasta el comedor de beneficencia de ________, lugar que manifiesta conocer ya y al que quiere acudir para comer. A la puerta del centro se consigue que se ponga un calzoncillo y, tras hacerle un agujero a su medida en el cinturón para que le ajuste bien, se le pone en las trabillas del pantalón. También se viste con una camiseta y una camisa facilitadas por un compañero que las tenía en la taquilla para ocasiones como estas. Una vez que se consigue que esté vestido con una cierta decencia, abandonamos el lugar y al sujeto y finalizamos la intervención sin volver la vista atrás, siendo las 10:10 horas.

Lo que ponemos en su conocimiento a los efectos que estimen oportunos.

  



  
P.D.: Por si alguno no se cree la historia, que conste que tengo la grabación del fulano y la copia del informe pero, por razones obvias, no puedo ponerla aquí. Si alguien quiere verla tendrá que venir a mi casa y se la enseño. Las fotos son capturas de pantalla de la grabación pero convenientemente retocadas para proteger la intimidad del sujeto.


jueves, 14 de abril de 2016

LAS APARIENCIAS ¿ENGAÑAN?


Hace bastantes años, siendo yo mucho más joven e inexperto en mi profesión, tuve que intervenir en un accidente que me hizo meditar sobre las apariencias y cómo nos pueden engañar las ideas preconcebidas. Y con el tiempo he llegado a extrañas, o tal vez no tan extrañas, conclusiones.

Nos avisaron de un accidente entre tres vehículos, lo que técnicamente se llama alcance triple, y que vulgarmente se conoce como darse por detrás (los pensamientos impuros para otra ocasión, por favor). El primer coche, que se había parado en un semáforo, era conducido por un portugués al que no hicimos mucho caso por la diferencia idiomática y porque, en cualquier caso, no era el responsable del accidente. Los daños en su parte trasera (del coche) eran considerables. En el coche del medio, convertido en acordeón, viajaba un elegante caballero (sin caballo) con traje de marca y pelo repeinado y engominado. En el último coche viajaba un punki con tal cresta que más parecía casco de centurión romano que pelo de persona que, imagino, le causaba una cierta dificultad para entrar y salir del coche, y al que atribuimos inicialmente, de modo casi automático, la absoluta responsabilidad del accidente por la posición final de los vehículos y la pinta del personaje.


 De inmediato tomó la palabra el engominado y nos dijo en un tono bastante despectivo que “ese punki”, que venía como un animal, les había golpeado cuando estaban parados en el semáforo y había causado el estropicio que veíamos, confirmando nuestra impresión inicial y llevándose todas las culpas. El punki que, todo hay que decirlo, tenía la documentación correcta y una educación tan grande como la cresta, confirmó con humildad que se había despistado y que cuando se había querido enterar de la existencia de unos coches parados delante de él ya no pudo ni frenar. Pues a pagar, majete.

Mientras estábamos haciendo nuestras comprobaciones de documentos y trámites varios para reflejar en el informe, el portugués no dejaba de molestar insistiendo en decirnos algo. Cuando por fin decidí escucharlo, más por educación que por interés, que no es cuestión de mentir, me dijo que no se trataba de un accidente, sino de dos accidentes diferentes. Todo esto dicho en portugués es un poco farragoso, así que os lo pongo en cristiano, que resulta más comprensible y acabamos antes: el portugués estaba parado en el semáforo cuando llegó el engominado y se dio contra él; seguidamente llegó el punki y se comió el coche del engominado, dándole a él un nuevo empellón.



El amontonamiento de chatarra resultante es el mismo, pero la diferencia es que con lo que nos había dicho el engominado, el seguro del punki pagaba TODOS los daños menos los propios del punki, mientras que con lo que nos contaba el portugués, el engominado se tenía que pagar los daños de su frontal, que para eso tenía seguro a terceros y los propios no estaban cubiertos.

O sea, que el decente, fiable y educado señor del traje y la gomina nos había salido rana y nos la quería colar intentando que el punki-centurión le pagara también los daños de su despiste adjudicando al crestado la responsabilidad de todo el accidente.

Desde entonces procuro mantener una absoluta neutralidad mental en cualquier situación que me encuentro en el trabajo y no prejuzgo a nadie por su apariencia, porque ya hemos visto que las apariencias engañan. Aunque de esto ya no estoy muy seguro.








sábado, 20 de febrero de 2016

LAS MONEDAS DEL PANADERO



    Hace muchos años, en la última época de la heroína, en los alrededores de nuestra Plaza Mayor todavía quedaban algunas putas que ejercían el oficio para conseguir el dinero con el que pagar sus dosis. Además del negocio indicado, complementaban sus ingresos haciéndose al descuido con las carteras de los clientes, normalmente durante el trabajo, que es cuando el cliente estaba a otra cosa, o en otras ocasiones más afortunadas, si era posible, antes del mismo. Esto les reportaba los mismos beneficios pero con menor esfuerzo porque, como el cliente ya no iba a poder pagar la faena, ella se quedaba con el dinero y él con las ganas, que debían de ser muchas viendo la clase de género con el que trataban.


    Para esta labor (la del descuido, por supuesto) solían ayudarse de algún conocido que compartía sus heroínicas adicciones, y que colaboraba con el descuido o con alejarse con la cartera lo antes posible para que la muchacha no pudiera ser acusada de quedársela si el cliente notaba demasiado pronto la falta de peso y llamaba a la policía.


    Pero esta simbiosis se veía frecuentemente alterada cuando una de las dos partes, generalmente el “amigo”, pasaba del mutualismo al saprofitismo o incluso al parasitismo. Entonces la puta se enfadaba, empezaban los gritos y se preparaba la tangana en plena calle hasta que alguien nos llamaba para poner orden de modo momentáneo, que todos sabíamos que aquello se iba a repetir más pronto que tarde.


    Una de las putas habituales, la Susi, se había agenciado como colaborador al Manolo, un hijoputa que sigue dando guerra después de 20 años y que no acaba de reventar. Esta pareja de conveniencia acababa de tener una de esas discrepancias asociativas y había comenzado a sacudirse de lo lindo y a armar un escándalo considerable en plena calle a medianoche. Cuando llegamos al lugar de la trifulca y pudimos poner paz y silencio, Manolo y la Susi quisieron denunciarse por los sopapos recibidos y por unos dineros que faltaban. Manolo, demasiado bien conocido por nosotros, se pudo marchar a su casa después de un cacheo superficial en el que no recuerdo que encontráramos nada especial, pero la Susi no era tan conocida y hubo que llevarla a identificar correctamente.

    Además de la identificación, a la Susi había que cachearla y no había mujeres para hacerlo hasta que llegara el turno de mañana. Eso suponía un problema y una espera de unas seis horas pero, dada la condición de la Susi, mi compañero, tras explicarle la situación y para ahorrarnos tiempo, le preguntó que si tenía algún problema en mostrarnos sus intimidades para comprobar que no llevaba nada ilegal o merecedor de escondite y la Susi accedió levantándose la falda y mostrando sus carnes y su ropa interior a los asombrados espectadores en que nos habíamos convertido. Nos dimos cuenta de inmediato de que el abultamiento que se veía entre las piernas no era normal para una mujer (y era mujer, no vayáis a pensar otra cosa) así que le pedimos que sacara lo que había en el interior del paquete.

     Ni corta ni perezosa, la Susi metió la mano en sus bajos comerciales y sacó unas cuantas monedas. Repitió esta operación en varias ocasiones, hurgando con la mano cada vez más profundamente y sacando más y más monedas de tal manera que aquello, más que la hucha de la Susi, nos parecía la Ceca de Medina, y nos hizo comprender la etimología de “acoñar” moneda.



    Después había que hacer el recuento de las monedas pero, no sé por qué extraña razón, parecía que las monedas nos iban a quemar y preferimos pedirle a la Susi que las contara ella misma. Tras el recuento, y una vez anotada la cantidad, le permitimos que las volviera a guardar, aunque esta vez lo hizo en su bolso, aprovechando que es un lugar más cómodo y amplio y que Manolo andaba lejos para arrebatárselas.

    De este caso tan simple de mi trabajo me ha quedado un trauma que perdura en el tiempo en mi vida cotidiana: desde aquella noche, cada vez que voy a comprar el pan y me dan el cambio, lo primero que hago es preguntarme dónde coño habrán estado esas monedas; y lo segundo, en cuanto llego a casa, es lavarme las manos con abundante jabón.



    Ahora sólo espero que mi pobre panadero no lea nunca este blog, o empezará a cobrarnos sólo con tarjeta.


miércoles, 20 de enero de 2016

El alcohol y la madre que lo parió (2)


En una entrada anterior veíamos las cuestiones técnicas de la prueba de alcoholemia, pero lo que de verdad le importa a mis contertulios cuando sale el tema del alcohol es lo que vamos a ver hoy. Ahí va:
               
-       ¿Cuánto puedo beber?
Al cuánto puedo beber os contesto con un esquema que he encontrado en internet y que lo explica muy bien, teniendo en cuenta que son tasas en sangre y que la prueba se hace en aire, por lo que los valores numéricos serían justo la mitad:
  

O sea, más o menos dos consumiciones con su cantidad justa para los hombres y un poco menos para las mujeres. Esto es aproximado sin tomar alimentos. Con la comida la cosa cambia y se puede tomar algo más pero no hagáis experimentos, que por algo dicen que hay que hacerlos con gaseosa. El mayor peligro son los combinados o “copas”, que normalmente se ponen cargaditos porque a la gente le gusta más y cada uno lleva la cantidad que deberían llevar 2 ó 3 y, claro, luego pasa lo que pasa.

-       ¿Cómo puedo engañar al aparato?
Como siempre, a vueltas con la picaresca española. Pues lo de engañar al aparato va a ser que no. No hay manera. Olvidaos de los chicles de menta, de las carreras y flexiones alrededor del coche, de los granos de café, de los caramelos de limón o de otras bobadas que dicen los enteraos. Sólo valen para que nos riamos de vosotros, cosa que pasa con bastante frecuencia y nos alegra el control. Para que os hagáis a la idea, hemos visto a un fulano comer hierba como si de una cabra se tratara. Os podéis imaginar nuestras risas después del control. El aparato mide etanol, también llamado alcohol etílico (de ahí lo de etilómetro), que es el alcohol que llevan las bebidas, y si le soplas menta, café o limón (o hierba) le da igual. Sólo hay una sustancia que lo puede confundir y es un tipo de hidrocarburo (algo parecido a una gasolina, para que lo entendáis) que es cancerígeno y que encima lo cuenta como alcohol. O sea, que el aparato se confunde para dar de más. Vaya negocio.
El aparato es tan preciso que si detecta alcohol en la boca no deja hacer la prueba, así que no os sirve de excusa decir que acabáis de beber, y si detecta alcohol en el ambiente tampoco deja y obliga a ventilar la habitación para eliminar interferencias. Además, cada prueba consiste en soplar dos veces y si la diferencia de tasa entre los dos soplidos es superior a un cierto porcentaje la anula y hay que repetir la prueba. O sea, precisión al máximo.

En mi opinión, el problema del alcohol en los países occidentales es que es un hábito social. Se critican los controles (por suerte cada vez menos) porque cualquiera puede caer en uno de ellos cuando vuelve de un acto familiar o cena de trabajo y las excusas que alegan los que dan positivo son siempre las mismas: “es que vengo de una boda…; para un día que salgo a cenar…; es que es la cena del trabajo…”, “Esto es una exageración” y continúan con el típico “si no ha pasado nada” o “joder, si no he matado a nadie”. Cierto, ¿y si pasa? ¿y si mata a alguien?



Supongo que algunos recordaréis que, no hace mucho, un conductor atropelló de madrugada a tres adolescentes que volvían andando a casa por una carretera secundaria y dos de ellas murieron. El conductor se había dormido al volante y dio positivo en la prueba de alcoholemia. Lo más fino que dijeron de él es que era un hijo de su madre. Y claro, todos de acuerdo: al paredón con el conductor. Pues que sepáis que dio 0,26. Se pasó por 0,01, una cantidad que no entra en las tablas de denuncia porque está dentro de los márgenes de error del aparato (hasta 0,28). Pero al conductor había que fusilarlo al amanecer. Cuando en un control alguien da 0,5 (el doble que el anterior, por no poner una cantidad exagerada que ya sea delito) siempre dice que no es para tanto; pero si a su hija la mata alguien con esa misma tasa es un borrachuzo indecente que merece la pena de muerte, sumarísima y pública. Es decir, que para algunos, la diferencia entre ser un hideputa o no, es haber matado a alguien. Pues no es así. Aquí todo el que se pasa es un hideputa potencial, no lo olvidéis, y es lo que se sanciona. Y por eso se hacen los controles: para que se quede en potencial y no en definitivo.
Por cierto, para el que no lo sepa. Si tienes un accidente y das positivo, el seguro paga religiosamente a la víctima, pero luego te lo reclama y te saca las entrañas hasta dejarte en la ruina, porque los daños o lesiones producidos bajo la influencia del alcohol están excluidos de todas las pólizas. Hasta de las pólizas a todo riesgo. Léetela.
 Una opinión muy generalizada entre los que nos dedicamos a dar leña al que bebe y conduce y entre los que atienden a las víctimas es que la tasa de alcohol permitida debería ser 0,0; es decir, que no se debería permitir nada de alcohol durante la conducción por dos motivos:

-       El primero de ellos objetivo: todo alcohol ingerido afecta a nuestro cerebro por pequeño que lo tengamos. El alcohol lo encuentra, os lo aseguro. Si no lo notas es porque como sueles beber algo, tu cuerpo genera una cosa que se llama “tolerancia” que quiere decir que cada vez necesita más alcohol para notarlo. Los que no bebemos, cuando nos tomamos sólo media copa de cava en Nochevieja nos damos cuenta de que nos afecta. Y a ti también, aunque lo toleres y no te des cuenta.
Aquí os dejo una tabla con los efectos que tiene el alcohol dentro de las tasas legales, para que os hagáis una idea de cómo afecta aunque no lo notéis:


-       El segundo motivo, y relacionado con el primero, es subjetivo: como te sientes bien, no eres capaz de darte cuenta de que realmente no estás bien, y menos para conducir y luego llegamos los aguafiestas del uniforme con el etilómetro y te cuesta una sorpresa y un gran disgusto. Si se estableciera una tasa de 0,0 no habría problema. Ya sabrías que si bebes, por poco que sea, te iban a dar en los morros y no habría lugar a malos entendidos.

Y en cuanto a la costumbre social, recordad qué pasó con la ley antitabaco. Se iba a parar el mundo, la perdición de la hostelería, impensable echar una partida sin el puro en la boca. Pues el mundo sigue girando, alguno ha dejado de jugar la partida y otros han vuelto a entrar en los bares porque podían ir con los niños. Lo mismo con el alcohol. En el restaurante se cambia el vino del conductor por un Trinaranjus o por agua, que es más sana, y no pasa nada. Es cuestión de acostumbrarse.
Para acabar, que hoy me ha vuelto a salir largo, voy a dar otra opinión personal: El mayor error que ha cometido nuestra querida DGT en las campañas preventivas de la conducción bajo la influencia del alcohol fue la de Stevie Wonder, aquella del “Si bebess, no condusscass”, que el gracejo popular tradujo como “no conduzcas ciego”.


La campaña tenía que haber sido justo al revés que es precisamente la que patrocinó Johnnie Walker (paradojas de la vida) y que en España protagonizó Fernando Alonso en mayo de 2015: “Si conduces, no bebas” porque una vez que bebes y te pasas un poco, ya no sabes si conduces en condiciones o, simplemente, no sabes si conduces. Es cuestión de matiz, pero importante.


O sea, que si tienes las llaves del coche en el bolsillo es mejor que no bebas alcohol, y si piensas beber es mejor que las dejes en casa. Te lo agradeceremos y lo agradecerás.


miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL ERROR


Hace unos años estuve destinado en la sala de comunicaciones durante una temporada, recibiendo los avisos que el 112 nos pasaba a través de Internet y las llamadas de teléfono que los ciudadanos nos regalaban, gestionando las patrullas y buscando la información que éstas me pedían, bien fuera de antecedentes, padrón de habitantes, censo de vehículos u otras solicitudes necesarias para desarrollar el trabajo en la calle.



Un sábado de madrugada, noche del viernes, entró un aviso a través del 112 sobre gritos en una vivienda, posible consecuencia de un caso de violencia de género según decía la persona que llamaba. Di aviso inmediato a las patrullas y las dos más cercanas se dirigieron al lugar, la calle C***, piso 1º A. Al llegar, se encontraron la puerta del portal abierta, no sé si por casualidad o porque el alertante la dejó abierta, y los compañeros no se lo pensaron dos veces: entraron como venados y subieron por la escalera, que un piso lo sube cualquiera, saltando los escalones de tres en tres hasta el rellano.



Lo primero que dicta el sentido común y la experiencia es escuchar si hay voces, golpes o gritos para saber qué está ocurriendo y por dónde empezar. Silencio absoluto. Entonces hay que llamar al timbre y ver qué pasa. En este caso abrió una joven (me contaron que de muy buen ver) en ropa interior muy sugerente y con una marca de un golpe en la mejilla de la que no quiso dar explicaciones. Dijo que estaba sola en el piso. Lógicamente, los compañeros pensaron que el agresor estaba en el domicilio y a ella, como suele ser habitual, le daba miedo hablar aunque le insistían. Si ella negaba la agresión no había nada que hacer y se tendrían que dar la vuelta. Por desgracia es frecuente este comportamiento en las víctimas de violencia de género. En este tipo de avisos te juegas el pellejo con el coche y arriesgas al resto de conductores y peatones para nada. Frustrante. Y mucho. Pero es lo que hay.

Uno de los compañeros, en un intento desesperado de conseguir un resultado positivo, le preguntó que si podían acceder al domicilio a comprobar que no había nadie. Siempre se niegan, pero por preguntar…. ¡Pues que la moza dijo que sí! Todos adentro a mirar, antes de que la mujer se arrepintiera, detrás de las cortinas, debajo de la mesa, en la terraza, en los baños y en cualquier hueco susceptible de alojar a una persona. Y al mirar debajo de la cama, como si de una escena de “La vida de Brian” se tratara, apareció un fulano escondido que, una vez puesto de pie, era de tamaño XXL y sólo llevaba el calzoncillo, lo que, afortunadamente, le proporcionaba una cierta vulnerabilidad y no se enfrentó a los compañeros.



Luego llegó el momento de las identificaciones y las comprobaciones y para ello me pasaron los datos de sus documentos, Manuel G.G. y Susana H.H., para que los metiera en el ordenador y viera si aparecía algo de interés policial. Pues resultó que el Manolo tenía una orden de alejamiento por violencia de género desde el miércoles anterior y no podía estar a menos de 300 metros de la Susi. Eso explicaba la marca de la cara. El martes la había zurrado, él había acabado detenido y el miércoles el juez dictó una orden de alejamiento. De inmediato di la alerta a los compañeros y procedieron a trincar al Manolo, con la deferencia de dejarle ponerse un pantalón y una camisa antes de adornarlo con nuestro complemento favorito: las pulseras.



Manolo y Susi decían que no había pasado nada y que ella era la que había pedido a Manolo que fuera a darle calorcito, que ya se sabe que el invierno siberiano es muy frío, pero yo tenía la transcripción de la llamada y además había un claro delito por incumplir la orden de alejamiento, aunque a ella le molara más el acercamiento. Así que a dormir gratis en una habitación del Estado. Separados y a más de 300 metros, como manda el juez.

Hasta aquí todo normal pero…..

Cuando los compañeros estaban a punto de introducir en el vehículo patrulla a Manolo para llevarlo detenido a la Comisaría, aparecieron dos vecinas en el portal dando voces: “oigan, oigan, que no es ahí, que es EN LA OTRA ESCALERA”. Al fondo del portal había otra escalera que mis compañeros no habían visto con las prisas, y en el aviso del 112 no se hacía referencia a una escalera concreta. Pues a repetir la historia: una patrulla subiendo los escalones de la otra escalera de tres en tres, mientras la otra acababa de meter al detenido en el coche y pedía más apoyo por si las cosas se complicaban. 


Afortunadamente, en la otra escalera no había violencia de género, sino un caso de ansiedad que fue convenientemente resuelto por el personal de una ambulancia que llamamos para que fuera al piso. Y mientras tanto, Manolo y Susana pidiendo que les dejaran continuar la faena una vez visto que no habían sido ellos los causantes del alboroto. Pero no pudo ser.

De este modo tan absurdo, Manolo pasó su segunda noche en una misma semana en los calabozos, pensando en su mala suerte y en lo que le iba a decir a Su Señoría al día siguiente para justificar que había incumplido la orden de alojamiento.



  

lunes, 2 de noviembre de 2015

VISITA AL CEMENTERIO DE SIBERIA


La víspera del 1 de noviembre, día de Todos los Santos, como era sábado y se preveía una gran afluencia al cementerio siberiano, me mandaron al susodicho y, en función de mi categoría, el jefe no me encargó la regulación del tráfico de los accesos, sino estar a la puerta misma para coordinar lo que pudiera surgir, que no iba a ser mucho porque todo está planificado, informar de lo que fuere necesario a los visitantes y evitar que algún energúmeno quisiera entrar al interior del cementerio con el coche, que alguno hubo. O sea, un servicio cómodo salvo por lo que significa estar de plantón varias horas.

 Como no había mucho que hacer me dediqué al económico ejercicio de la observación de la gente que se acercaba a ver, supuestamente, a sus familiares fallecidos, aunque dudo que ninguno pudiera verlos debajo de tanta piedra. Me llamó la atención que no había un público mayoritario en edad, sexo u otra condición, lo que significa que lo de morirse afecta a todos y no es un pensamiento que me deje muy tranquilo.


También vi el negocio que supone la muerte incluso años después de haberse producido. Todos los que acudían allí llevaban su ramo, centro o cualquier otro adorno floral para las tumbas, nichos o panteones. Me sorprendió el tamaño de alguno de los presentes, que seguro que con mi sueldo no podría pagarlo, como si el tamaño fuera una medida del cariño y la añoranza profesados al difunto. 


Muchas personas, especialmente a primera hora, al vernos en la entrada nos saludaba con un educado “buenos días”, y otras hacían comentarios sobre su visita: “otro año más a ver a la familia”, “ya son 16 años los que vengo a ver a mi hijo”, “espero que a mis padres les gusten estas flores”, “por lo menos este año hace bueno para venir aquí. Se hace menos triste”. Mi compañero me contó que un hombre de unos 70 años que llevaba dos pequeñas flores en una bolsa se dirigió a él, no sé si a modo de justificación o de crítica a lo que allí se veía y le dijo “Le traigo dos flores a mi mujer. Creo que como recuerdo es suficiente y no hace falta gastar tanto. ¿No le parece?”. Mi compañero, hombre cabal donde los haya, se limitó a contestarle “Tiene usted razón, señor. Es suficiente”.

 

Intenté adivinar, sin éxito, quiénes eran los visitados basándome en las características de los visitantes: padres, madres, abuelos, hermanos, hijos o, simplemente, amigos. Solamente pude deducirlo en un caso: una mujer llorosa de unos 40 años acompañada de otra de unos 65 y de tres niñas de entre 8 y 14 años, con un ramo tan humilde como su aspecto. Salieron poco después, con algo más de lágrimas la madre, después de dejar el ramo y mostrarle al difunto el panorama que le había dejado en la tierra, supongo que muy a su pesar. Esas lágrimas, las únicas que vi, sí que eran una medida real del cariño y la añoranza, y no las flores.

Para mi sorpresa, no vi gitanos. Todos los años se presentan familias enteras con sus mejores galas a llevar flores a sus familiares tal como manda su tradición, en una competición por ver quien lleva el ramo, centro, o lo que sea, de mayor tamaño. Cuando lo comenté con mi compañero me hizo ver que son gente de tradiciones y el día de Todos los Santos, el de la visita fetén, es el 1 de noviembre, y nosotros estábamos trabajando la víspera. Aclarado el misterio.

 


Hubo escenas curiosas como la de una familia que, aprovechando el buen tiempo, quiso prescindir del coche y se acercó en bicicleta, con los niños en sus asientos adaptados, y con los ramos de flores en las cestas delanteras. Me preguntaron si podían meterlas en el cementerio llevándolas de la mano, que había mucha gente en el interior para ir montados y, evidentemente, no vi objeción. Parece que la ecología y el sentido común comienzan a llegar también a estas celebraciones.

Menos sentido común (ya sé que soy un antiguo) tenía la joven que se presentó con unos tacones cuya longitud superaba a la de la minifalda, eso sí, de negro riguroso, que debió de ofrecer un atractivo “especta-culo” a los ocupantes de las tumbas, lugar óptimo desde el que podrían haber disfrutado del diseño de la lencería si no fuera por su condición de difuntos, y que también atrajo las miradas de otros visitantes, algunas de sorpresa y otras de reproche, pero en ningún caso de indiferencia.


Aquí lo dejo. En el cementerio también nos ha ocurrido algún caso curioso que ya contaré, pero hoy sólo toca descripción de una tradición desde el punto de vista de un simple observador forzoso.




miércoles, 30 de septiembre de 2015

El alcohol y la madre que lo parió (1).


Una de las cuestiones que suelen aparecer en mis conversaciones con amigos o conocidos es la del alcohol y la conducción. Nadie tiene claro cuánto puede beber si va a conducir y muchos se piensan que hay formas de engañar al etilómetro, eso que algunos todavía llaman “el globo”, y me piden consejo sobre el tema. Mi consejo es que no beban. Así de fácil y de barato.

Hoy os comento cómo es una prueba de alcoholemia, en qué consiste y cómo se hace, y en el próximo escrito explicaré lo de engañar al aparato y cuánto se puede beber, que es lo que de verdad os interesa, que ya os conozco.

Para empezar, aunque esto sea un poco farragoso, en España (que también me leen desde otros países) el reglamento de circulación prohíbe conducir con una tasa de alcohol en aire superior a 0,25 mg de alcohol por litro de aire espirado (0,15 para conductores profesionales y noveles), que equivale a 0,5 g por litro de sangre (0,3 en sangre para conductores profesionales y noveles). Esta correlación no es exacta, porque realmente 0,25 en aire son 0,52-0,58 en sangre, y esto es importante como ya veremos después. Normalmente omitimos las unidades, que eso queda para las cuestiones técnicas y nos referimos a las tasas en aire, que es lo habitual. Por tanto, siempre decimos que el máximo es 0,25 o 0,15 según el vehículo y la antigüedad del permiso.

La prueba se hace en aire espirado, o sea, soplando, que es lo que marca el reglamento y es lo más sencillo, y sólo se hace directamente en sangre en situaciones muy excepcionales. Nosotros generalmente hacemos una prueba de “muestreo” con un etilómetro portátil, advirtiendo, para evitar futuras confusiones, que esta prueba sólo tiene como finalidad hacer una comprobación rápida de la presencia de alcohol para no hacer perder el tiempo al ciudadano y que en caso de dar positivo habrá que realizar la prueba con el etilómetro evidencial homologado. En la foto os presento a uno de los etilómetros portátiles más usados.


Nuestro aparato evidencial funciona con dos soplidos por cada prueba para una mayor garantía, y de ambos soplidos da un resultado, que es el menor de ambos. Se hace una primera prueba y, si da por encima de lo permitido, el conductor tiene derecho a una segunda prueba pasados 10 minutos, que son otros dos soplidos. Al final se toma como resultado el menor de las dos pruebas, que resulta ser el menor de los cuatro soplidos. Para que no os quejéis. No hace falta decir que con un solo resultado negativo nos olvidamos de todo y se termina la prueba. Y en la foto tenéis uno de los etilómetros evidenciales más habituales, para que lo vayáis conociendo.






En caso de que el resultado final de la prueba haya sido positivo, si el conductor no está conforme puede pedir un análisis de sangre de contraste, lo que, en mi opinión, supone un craso error porque, como ya he dicho antes, siempre va a dar más cantidad en la sangre, y al etilómetro se le pueden buscar las vueltas (que si no funcionaba bien, que si la boquilla estaba rota…), pero si un médico firma una tasa de alcohol en sangre, entonces la tasa va a misa y te puedes dar por jo****. Un ejemplo lo tenemos en esta noticia en la que a un concejal de Valladolid lo pillaron con una cierta alegría en el cuerpo y, tras comportarse como un auténtico borrachón, pidió el análisis de contraste. Ahí veis el resultado: 0,8 en aire se convirtió en 1,8 en sangre. Ya no lo libra nadie de la condena. Por espabilao.

















Así que mejor ahorraos la prueba en sangre, que encima la tenéis que pagar vosotros si da positivo y es cara. Ya tenéis bastante con la multa y los puntos. Aquí tenéis lo que os cuesta ir con un poco de exceso de alcohol, siempre que no llegue a 0,6:



Además, pasando de 0,6 es delito. Esto suena peor. Pues sí, cuando alguien dice que le estamos tratando como un delincuente tiene toda la razón, porque lo es (presuntamente) aunque no haya matado a nadie. Tampoco Urdangarín, Bárcenas o Rato han matado a nadie y no parece generar dudas en el pueblo sobre su condición, incluso sin haber sido condenados. Quien comete un delito es, por definición, un delincuente. Y por debajo de 0,6 también puede ser delito si hay “influencia”, que se determina porque hay unos signos que todos conocemos (de “pedete lúcido” a borrachera descomunal), o porque ha habido un accidente o una infracción grave que indica que no se está en condiciones de conducir. Por cierto, que al delincuente (presunto) se le trata con toda corrección, como a cualquier ciudadano. Que quede claro.

Todavía queda algún listo que dice que prefiere no soplar o hace como que no puede soplar. Pues entonces le hacemos la oferta 2x1 como en los supermercados. La negativa a soplar, o la simulación de que no se puede, que es otra forma de negarse, es otro delito que además lleva penas de prisión más serias (¿a que suena feo lo de la prisión?), que se añade al delito anterior si hay signos de alcoholemia. Ya sabes, si has bebido es mejor que lo asumas, soples como un bendito, y te lleves uno en vez de dos. Justito al revés que en el supermercado.


Y en cualquiera de los dos casos, tanto si dais positivo como si os negáis a soplar, os quedáis sin coche hasta que alguien que no haya bebido se pueda hacer cargo de él, bien sea un acompañante o vosotros mismos cuando se os pase, y, por si fuera poco, os toca pagar los gastos de la inmovilización.

Todo esto, más o menos, lo sabéis todos. Pero ahora, para ir acabando, vamos a lo que generalmente no sabéis y da más de un disgusto, que es el tiempo de eliminación del alcohol en el cuerpo.

El alcohol se elimina de una forma constante a razón de 0,15 g por litro de sangre y hora aproximadamente. Para que lo entendáis: una tasa de 0,50 en aire tarda unas 4 horas en dar una tasa negativa, y casi 7 horas en desaparecer. Vamos a ver un caso práctico muy habitual con sus consecuencias, para que se entienda bien:

Os vais de fiesta y os metéis 4 copas de las cargaditas, que están más buenas. Eso supone una tasa aproximada de 1,0 y con esa tasa os vais a cuatro patas a la cama a las 3 de la mañana, que al día siguiente hay que ir a comer con la suegra. Os levantáis a las 11 un poco espesos por el garrafón que os han dado, os ducháis y a la 1 del mediodía cogéis el coche y de camino a casa de la suegra os para el aguafiestas del uniforme en un control. Le decís, confiados, que no habéis bebido nada y que venís de la cama. Sopláis y el aparato os sorprende con una tasa de 0,35, o sea, 500 Euros y 4 puntos, posible inmovilización del vehículo y una sonrisa del agente mientras os dice “pues se acostó usted fino”. Y eso sin tomar el vermut, que más de uno lo hace para quitar la sed de la resaca. Hace 10 horas que os fuisteis a dormir y todavía da positivo, lo que demuestra que dormir la mona sólo vale para no seguir haciendo el tonto en público más de lo necesario, pero no para quitar la borrachera. Para no dar positivo con esas cuatro copas hacen falta, al menos, 11 horas, y para hacerlas desaparecer completamente unas 13-14 horas. Y eso comiendo sin vino en casa de la suegra.

Ya vale por hoy, que esto da para mucho. En la próxima entrada veremos lo que os preocupa realmente, que es cuánto se puede beber y lo de engañar al etilómetro. Pero de momento, mejor que no bebáis si vais a conducir.